MANUEL
Entre semana, día libre que amanece soleado, aunque las nubes acechan por el horizonte. Le envío un mensaje a Manuel y nos encontramos en el paseo de la playa.
Todo el mundo está trabajando, a la suya y no tengo nadie a quien ver, así que le llamo sin saber muy bien porqué. Quizá esperando a que me invite a fumar o simplemente por no estar solo en mi día libre otra vez. Mis amigos llevan vidas resueltas y activas, llenas de quedadas y actividades, trabajos de oficina de 9 a 5, de lunes a viernes. Personas de éxito. Yo mientras tanto sigo trabajando los fines de semana haciendo huevos fritos y sirviendo fucking brunches, sin rumbo, estático. Sé que son mis amigos y me quieren y se preocupan por mí pero también entiendo que poco a poco me hayan ido dejando de lado.
Llevo varios meses con una tristeza opaca y persistente que no me puedo quitar de encima y sé que no soy la compañía más agradable estos días: Estoy tan absorto por cómo me siento que no soy capaz de pensar en nadie, ni en nada más. Hay algo en el que camina en el precipicio de la depresión que le hace rechazar y ser rechazado, una especie de marca invisible que va manchando por donde pasa, dejando rastro y que no quieres que nadie vea. Así al menos es como me siento estos días, como si llevara una mancha que no me pudiera quitar, invisible aunque completamente evidente para cualquiera.
Manuel aparece con una lata de cerveza de medio litro en la mano, con sus ojos vidriosos de no haber dormido y de haber fumado y bebido mucho y esa media sonrisa suya tan difícil de traspasar. Como digo, he acabado quedando con Manuel cada vez más sin saber muy bien porqué. Al principio era una cuestión práctica y había cierto interés por mi parte, ya que es el único contacto que tengo para pillar maría, pero conforme lo voy conociendo mi curiosidad por su personalidad tan peculiar y mi soledad, hace que acabe viéndolo casi todas las semanas. Él no me conoce apenas y tampoco me pregunta demasiado por mi vida, cosa que en estos momentos supone un alivio. Me limito a acompañarlo en sus paseos sin rumbo por la ciudad, escuchar e intentar olvidarme de mi mismo por un rato.
Al oírlo hablar con su acento macarrónico y su inglés primitivo me siento de alguna manera por encima de él, con mis títulos de inglés, mis lecturas, mis discos y mi esnobismo trasnochado, pero en el fondo sé que a día de hoy yo necesito más su compañía que él la mía. A la vez también siento cierta admiración por su total negativa a integrarse dentro de la ciudad. Cuando la mayoría de los inmigrantes intentamos camuflarnos y aparentar ser lo más ingleses y modernos posibles en una ciudad tan guay y de clase media como Brighton, él, sin embargo, ignora cualquier tipo de convención social: Al poco de conocerlo me lo encuentro en Western Road, una de las avenidas principales de la ciudad, andando a toda velocidad vistiendo una gabardina de cuero, como Keanu en Matrix, que le da un aspecto entre enloquecido, cómico y rocambolesco, que sin embargo el luce sin ningún rubor; lleva siempre consigo una de esos tubos gigantes de tabaco de liar que le mandan desde España, del que lía cigarros constantemente, gruesos como lápices de carpintero de los que fuma de manera vehemente, como si estuviera azuzando una chimenea, mientras te mira detrás de unas gafas baratas de cristal grueso, con esos ojos inyectados en sangre del sueño, el alcohol y los porros, tan difíciles de descifrar como todo en él.
Me resulta fácil imaginarlo en otro tiempo y en otro lugar, golpeando al cacique del pueblo con una azada sin venir a cuento, liderando una misión suicida o ahogando a un contrincante en una partida de cartas, todo siempre bajo un sol abrasador. Esa españolidad impulsiva y primaria, alegre y violenta, compasiva y solitaria que en el fondo, todos llevamos dentro de alguna manera y él se niega a disimular.
Manuel trabaja unas pocas horas limpiando unos grandes almacenes de madrugada y el resto del día parece dedicarlo a beber, fumar y dar vueltas por la ciudad visitando las charity shops (una especie de tiendas de segunda mano en las que los beneficios van a diferentes ONG, omnipresentes en todo Reino Unido). La primera vez que voy a su casa, un pequeño estudio, me sorprende mucho ver la casa tan llena de todo tipo de cachivaches que ha ido comprando ( lámparas, monedas antiguas, muebles viejos, espadas, etc…) y aunque no digo nada y actúo como si fuera algo normal, todo resulta muy extraño. Da la impresión de que la mayoría de las cosas carecen de valor, aunque puede que me equivoque. Cuando finalmente le pregunto, me cuenta que son artículos que acaba revendiendo en otras tiendas de segunda mano o en mercadillos, pero dudo que vaya a vender mucho de todo lo que acumula.
A medida que nos vamos viendo, me va contando pequeños detalles de su pasado: Una vida y un trabajo estable de ingeniero, bien pagado, con una novia de toda la vida con la que estuvo a punto de casarse hasta que todo se fue a la mierda. Me explica poco pero me puedo imaginar el resto, que es lo que le ha llevado a acabar en Inglaterra y con intención de no volver nunca a su ciudad.
Al poco de encontrarnos se levanta viento y unas nubes negras y densas comienzan a cruzar el horizonte. En unos minutos, lo que comienza como unas pocas gotas, se convierte en lluvia intensa y continua. Manuel me invita a refugiarnos en su nuevo estudio al que se acaba de mudar En cuanto llegamos me invade una sensación que reconozco y que aparece sin avisar. Me acerco a la ventana e intento contener como puedo las lágrimas, haciendo como que miro la lluvia caer por la ventana. No sé muy bien el porqué, quizá sea por la claustrofobia que me provoca su nuevo piso, aún más diminuto que el anterior y donde el horror vacui de todas sus pertenencias y objetos me resulta prácticamente insoportable. Me da rabia pensar las condiciones leoninas que le han obligado a firmar para poder conseguir este zulo húmedo y enano: varios meses por adelantado, un precio desorbitado y la obligación de estar un año de contrato. Me siento atrapado como nunca me he sentido en mi vida, por la lluvia, por el frío, por los pisos jaula donde vivimos dentro de este entramado que, como inmigrantes, nos utiliza y esclaviza como mano de obra barata, haciendo el trabajo sucio y mal pagado que los británicos no quieren hacer. Enjaulado, sin posibilidad de avanzar, me atraviesa una tristeza profunda, me pregunto cómo he llegado a este punto y cómo voy a escapar de todo esto.
Sentado en un colchón en el suelo que hace de sofá, me bebo una cerveza sin ganas. Sin mucho que hacer, por puro aburrimiento Manuel saca un viejo portátil, de ese color morado que estaba de moda a principios de siglo, grueso y compacto como un ladrillo con una especie de bola a modo de ratón. Supongo que era un ordenador caro en su época, quiero creer que es una especie de reliquia de su pasado de ingeniero de caminos, recuerdos de otra vida mejor. Ahora apenas funciona y como no tiene internet en casa, nos limitamos a escuchar con el Winamp viejas canciones de punk calimochero y rock radical vasco de hace muchos años. Parece un cofre enterrado. Un artefacto de otra era que hubiera viajado hasta aquí para llevarnos de repente a otro tiempo y a otro lugar.
De repente se acuerda de algo y encuentra en una carpeta unos videos de Eskorbuto. Hay uno, donde la banda sale actuando para un programa de la televisión vasca ETB, que es una maravilla. En el Iosu, su guitarrista, pasa completamente del playback enloquecido por el colocón, entrando y saliendo del plano a la carrera, ante las miradas de incomprensión de un público con aspecto de pijos ochenteros, que imagino en absoluto se esperaban algo así. La alegría de la banda es casi infantil y contagiosa, aunque resulta triste pensar que en unos pocos años dos de los componentes estarían muertos.
Nunca he escuchado un disco de Eskorbuto en mi vida pero ahí en este bedsit de Kemptown, creo comprenderlos. Me siento muy cerca de Santurce, en el lado equivocado de la ría como ellos. El video además de una comicidad loca, parece esconder un mensaje cifrado solo para nosotros, encerrado todos estos años en esta cápsula espacial con forma de ordenador estropeado de otro tiempo. Un mensaje de una belleza y una dignidad tremenda en la fealdad, en la derrota y el puro odio que desprende la actuación, donde parecen querer destruirlo todo y a todos, incluido ellos mismos. Conectados a Eskorbuto en ese momento, entiendo y sé que Manuel también, la llama que corroía a la banda por dentro, esa rabia contra un sistema falso y vacío que nos quiere marginados, solos y sometidos.
(publicado originalmente en el FANZINE CORRIENTE #4 )




De lo mejor que he leído por aquí 🔥
Gracias!!